El libro de las mutaciones en Ferrol.

Si hay un artista en nuestro país que haya perfilado su propio destino con las líneas de la libertad artística, ese es sin duda el zaragozano Enrique Ortiz de Landázury, por todos conocido como Bunbury. Tras mil aventuras y desventuras musicales que le han colocado en una especie de Olimpo solitario de los rockeros íberos, llegaba a la Plaza de España de Ferrol el pasado 27 de Agosto, en ese autobús negro que no sabe distinguir lo complicado de lo simple, pero si sabe hacer de cada escenario una tierra de los sueños, de cada tema en directo un lugar para la adoración al arte, a la música pura, a las notas de la esencia y los acordes de lo único y distinto.

Su Mutaciones Tour 2016, que ya va alcanzando la recta final en nuestro país, le sacó el polvo a las canciones más míticas e importantes de los ya treinta años de carrera del aragonés errante, para dejar un concierto que a día de hoy me emociona como muy pocos.

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Un set list de Bunbury que incluye temas de toda su carrera, incluyendo el periodo de Heroes del Silencio, es fácil que no mantenga el frenesí musical que podría ser dádiva y sueño cumplido para mi alma y esta es la única lacra que podría surgir de mi subjetivísima y humilde opinión. Ante el actual espectáculo camaleónico y montuoso del compositor, a mi afable parecer, podría haber demasiada diferencia de intensidad y calidad entre unos temas y otros, y para dejar constancia de ello hablaré de canciones como “Maldito duende” o “El camino del exceso”, que a estas alturas sueñan algo anticuadas, rancias y trasnochadas, en oposición a la auténtica locura deshinibida y pura, a la magia de artísta inmenso, muy a lo Bowie, que ofrecen los temas de aquel estelar, romántico y salvaje “Pequeño cabaret ambulante”. Temas como “El extranjero” o “Infinito”, me hicieron sentir en un concierto único, irrepetible, de gran estrella, de músico para la historia. A pesar su estilo tan propio como sureño, tan de tango como de honky tonk, me inspira a los más grandes, a la savia de huracanes como Freddie Mercury, David Bowie, o Leonard Cohen. La esencia apátrida de “El extranjero” y el amor incondicional de “Infinito”, son de los mejores momentos musicales que se pueden disfrutar como público en un evento de estas características.

Dentro del hándicap de ser una gira recopilatoria, pudimos disfrutar de un recital de emociones. Tras la introducción, la velada pugilística comenzó con una “Iberia Sumergida”, que lejos de estarlo te mira a los ojos desafiante y te evoca aquellos tiempos en los que Enrique la interpretaba con esos puños desafiantes y en alto, al estilo de Alí. Durante los primeros saludos mientras la banda y los técnicos iban cogiendo ritmo, comenzaron a sonar los acordes rockeros, presuntuosos y desafiantes de “El club de los imposibles” y entramos en el primer momento de locura irreverente, y unos cuantos nos sentimos lo que somos: raritos, diferentes y capaces de tener el delirio de grandeza de ir en contra de la opinión general. El primer trío de cantinelas acabó con “Dos clavos a mis alas”, perfecta versión del mítico Raphael. ¿Acaso alguien no ve la fundamental influencia del de Linares en Bunbury desde sus comienzos en Héroes? Su dramatismo, sensibilidad y sinceridad, corren el velo que todo lo olvida, para rendirnos a sus versos.

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Durante todo el espectáculo la banda estuvo recorriendo esos treinta años de carrera, con el distintivo gusto actual de Enrique. Un estilo más calmado, más sobrio y quizá más empacado que nunca, sin la frescura del cabaret pero con el ansia de permanecer para siempre en la historia del rock. Así sonó “La sirena varada”, tema mítico de Héroes, remodelado y reconfigurado a la banda actual, seguido por “Porque las cosas cambian”, que ofreció un reposo más íntimo y sosegado. Y los clásicos seguían invadiendo la plaza, con otra impostura, con montones y montones de experiencia tras sus notas. “El camino del exceso” y “Avalancha”, sorprendían por su calma y su mayor profundidad, lo que no impedía que todos cantáramos letra por letra. Los teclados de Rebenaque y los nuevos arreglos propuestos por Enrique ofrecen a estos temas un nivel superior de calidad y madurez. Aparte de la brillante actuación de Jordi Mena, el ex “Jarabe de palo”, que aporta una creatividad fulgurante y una pasión musical que desborda en sus solos de guitarra y acordes rotos.

 Tras el repaso de los albores de su carrera, la narrativa se tornó más irónica y vacilante, con un perfecto y sureño “Que tengas suertecita” y una “Puta desagradecida”, que nos permitieron disfrutar de extractos de dos discazos que el artista no suele repasar con tanta frecuencia, como son “El viaje a ninguna parte” y su colaboración con Nacho Vegas en “El tiempo de las cerezas”. “El extranjero” e “Infinito”, fueron mis dos momentos favoritos de la actuación, por las razones que citaba antes. Momento perfecto para dejarnos llevar por las notas cautivas del acordeón del Reverendo.

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Tras el desvarío de artista inmenso, llegó el momento para un tema muy especial. Un tema que suena diferente, que camina sobre arreglos nuevos y más bellos, pero que mantiene la clara declaración de intenciones del artista. No hablo de otro que no sea “El hombre delgado que no flaqueará jamás”, tema muy especial para el autor y para mi mismo, aunque obviamente, por diferentes razones. “Despierta” me recordó a mi admirado Iker Jimenez, así como a esa guerra en las calles que nos proponía “Palosanto”, un disco que escuchado con perspectiva, invita a salir a las calles con la esperanza firme de que podemos bregar por un mundo mejor. “Mar adentro” y “Maldito duende”, fueron dos momentos para el desahogo, para gritar a pelo sus letras, para disfrutar con los solos de Mena, el estilo de Álvaro Suite y sobre todo para dejar constancia de la cantidad ingente de himnos que ha creado este rockero irreverente al que tanto adoro. Insisto en que los temas antiguos han cobrado otra perspectiva, otro alma, un alma setentera de auténticos clásicos. Se convierten en canciones mucho mejores de lo que son, con esta modernización que tan bien les ha venido, a pesar de estar quemadas hasta la saciedad.

La locura cromática de “Lady Blue” fue el último viaje a las estrellas, antes de los bises. La acústica de Mena y la voz de Enrique le otorgan todo lo que pretende este tema, que no es más que hacer un brutal y maravilloso homenaje a una de las canciones de nuestas vidas: “Space Oddity” de David Bowie. El cantante aprovechó para dejar volar nuestras voces sobre Ferrol, dado el carácter más comercial del tema. La mirada triste del chico que observaba el infinito nos llevará siempre a nuestras turbias adolescencias. Y así aprovechó el artista para despedir a su público ferrolano.

Tras el descanso de rigor, Enrique salió con menos ropa y mucho más romántico. Nos espetó con ternura un tema sin duda dedicado a Jose. “Más alto que nosotros solo el cielo”, es de esos temas que necesitan siempre más explicación. De los que si te paras a leer entre líneas adviertes una forma de entender el amor, realmente hermosa. Fue perfectamente hilada en este bis del romanticismo con dos súper clásicos: “El rescate”, que es una perfecta y delicada canción que no puede estar más alejada de la cursilería y del amor cuché que invade hoy en día nuestra sociedad y “La chispa adecuada”, de la que siempre he pensado un positivismo enorme y la sensación de que es una llama para incoar sueños en vez de acabarlos.

Tras el segundo parón y para culminar las dos horas de bolo, nos quedaba una preciosa despedida. “Los habitantes”, que condensa toda esa rabia de hacer lo incorrecto, lo inesperado, lo realmente importante y que al mismo tiempo se convierte en una nueva apuesta por el amor verdadero, fue seguida de la mejor oda a la libertad: “De todo el mundo”, epopeya pirata donde las haya, que aboga por esa bucanería romántica y sin maldad que tanto venero. Y tras ellas un épica despedida: “Y al final”, que con su tres por cuatro, se convirtió hace más de diez años en el vals de los “hasta luego”. Con sus cuerdas quedamos atados al deseo de repetir una y mil veces en el espectáculo musical más interesante de nuestro país.

Un auténtico placer disfrutar del maño, que en esta Gira de las Mutaciones, a pesar de su heterogeneidad sigue ofreciendo la mayor de sus virtudes, el cambio, la reconversión, la libertad, la búsqueda de nuevos caminos y la ya adquirida capacidad de escribir las líneas de la historia de la música popular de nuestra iberia sumergida. A Bunbury, se le ama, se le odia, se le admira como frontman o compositor o se le tacha de rarito, pero por encima de todo, demuestra ser “El hombre delgado que no flaqueará jamás”.

Fotografías: Paula Rial.

Texto: Juan José Iglesias.

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