“El fugitivo” de Stephen King

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“El fugitivo” es una novela de ciencia ficción escrita por Stephen King y publicada en su primera edición en 1982. Su título original es “The running man”. King utilizó en esta ocasión su pseudónimo habitual Richard Bachman. El autor explica en varias entrevistas o incluso en el prólogo de su obra “Rabia” (1977), las razones por las que utilizó este pseudónimo: «Las cifras habían llegado a una cota muy elevada. Eso influyó. A veces me siento como si hubiera plantado un modesto paquete de palabras y hubiese visto crecer una especie de planta mágica… o un jardín descontrolado de libros…». De esta manera puso a prueba su propia valía a la hora de vender libros, comprobando si su descarado éxito comercial provenía de su talento como escritor o por otro lado de una tendencia y la corriente a favor del propio mercado.

Ha utilizado este pseudónimo entre 1977 y 2007, a través de diferentes obras:

Fue incluída en The Bachman Books en 1985.

Siempre se ha considerado a King como un escritor de segunda categoría, de lo que llaman “Genre literature”, en detrimento de la adjudicación del cartel de “Literary fiction”, que según los expertos no alcanza el trabajo del autor de Maine. Es obvio que el llamado “Maestro del terror”, no cabría en el divinizado “Canon occidental” de Harold Bloom, en el que Milton, Shakespeare y Goethe juegan a ser los Dioses del Olimpo literario, pero creo que es un autor muy recomendable. De alguna manera ha estudiado y forjado la mayoría de los miedos literarios de la actualidad. Miedos que se reflejan en nuestras vidas cada día. El cine le ha hecho grandes homenajes, como el caso de “El Resplandor” (Stanley Kubrick, 1980), pero también le ha dado una patada en el alma, en casos como el que me ocupa; La adaptación de esta novela, realizada por Paul Michael Glaser en 1987, se mueve entre lo patético, lo mezquino y lo irrisorio. Ni por lo más remoto, a la altura de esta obra que a pesar de su infinita facilidad de lectura y su frenético ritmo, esconde regalos sociológicos importantes y muy vigentes en nuestros oscuros días.

La narración nos sumerge en una distopía ambientada en Estados Unidos en el año 2025. Su condición futurista y un estilo que destila bellas misceláneas entre la ciencia ficción y la novela negra es la caja en la que viene envuelto este regalo literario. Parte de una idea que entiendo bellísima: su protagonista Ben Richards entregará su vida para salvar la de su hija enferma y la de su mujer. La familia vive en una situación de demacrada pobreza. La oportunidad surge en “El Fugitivo”, un programa de televisión de máxima audiencia en el que la muerte de sus participantes es el principal atractivo, pero los suculentos premios económicos atraen a todo miserable o desesperado.

La estética de la novela toma esa mezcla entre futurismo y novela negra que bien destripó y entramó Philip K. Dick en su también distópica: “Sueñan los androides con ovejas eléctricas” (1968), pero también es heredera a su manera de “Un mundo feliz” (1932) de Aldous Huxley y “1984” (1949) de George Orwell. Y digo a su manera porque no son comparables, quizá jueguen en lugares literarios diferentes, cada una de ellas con sus críticas varguardistas propias.

El lenguaje narrativo de King siempre ha promulgado el mismo valor. Otorgar la condición de instrumento terrorífico a objetos e ideas cotidianas. Sirva como ejemplo “Christine”, novela que el autor publicaría un año después ya sin pseudónimo. Christine es un viejo “Plymouth Fury” de los años 50, con poderes sobrenaturales y terroríficos, un automóvil con vida propia e incesantes deseos de matar y poseer. En este caso es el programa televisivo el que ejerce esa función metafórica, pero no es sólo tal, sino una voraz y enriquecedora crítica al consumismo y el palurdismo televisivo que impregna hoy nuestra sociedad. Aún más que en los primeros ochentas, cuando se escribió la novela.

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“American Gothic”. Grant Wood. (1930).

Esta inspiración y metáfora sobre el terror en los objetos cotidianos, la toma King del expresionistmo abstracto norteamericáno de principios del siglo XX, especialmente de la figura de Grant Wood, pintor de corriente regionalista que llegó en cierta manera a su esplendor con el cuadro “American Gothic” (1930), expuesto en el Instituto de Arte de Chicago.

A pesar de no ser un autor canónico como digo, Stephen King merece ser revisado como un escritor de peso y profundidad social, como intentaré explicar.

Me parece muy apropiado el hecho de basar su novela en una hermosa idea. Introduce el valor de la familia, como hecho argumental y detonante de la narración. Las necesidades de su prole, hija y esposa, inducen a Ben Richards a jugarse la vida con la peor mano posible, mientras el público del país aplaude su ruina y sus penurias. Tras el inicio del programa le soltarán y será perseguido por los llamados “Cazadores”, cuya única misión es acabar con su vida. Los valores más íntimos y lo más preciado que tenemos en la vida, que no es otra cosa que el amor y la familia, son la motivación principal del protagonista y de la historia.

La crítica realizada por King en esta novela a los medios de comunicación, creo que tiene más vigencia aún hoy, que en la época en la que construyó la novela y por desgracia tendrá más sentido dentro de diez años. “La cadena”, según la nombra el autor, forma parte de la “Librevisión”, en la que con una ironía exquisita nos muestra el placer televisivo de la población entendida como “masa”, de ver morir a otros ciudadanos. Una perfecta ironía del control que ejercen los medios de comunicación, en especial la televisión a la hora de controlarnos y crear necesidades. En este sentido el análisis crítico está servido con frases tan políticamente incorrectas como “No se puede matar a los rehenes, si hay espectadores”. Una definición perfecta de como funciona la sociedad y los mensajes masivos que crean modas, costumbres y consumo absurdo y desenfrenado.

Por otro lado y ahondando en este tema, sí realiza una visión clara de lo que significa y lo que debería significar el periodismo. Sitúa una farsa sobre nuestra sociedad, a día de hoy esclava de los medios de comunicación que viven al servicio del poder, cuando deberían ser el aclamado “Cuarto Poder”. Deberían ejercer su labor de control y no trabajar a su servicio. Esta reflexión se puede apreciar durante toda la novela y con más fulgor, según avanza la historia y la narrativa va alcanzando el clímax. Reflexiones que aumentan el valor de la obra y la alejan de la baja literatura. Promueve las ideas de La Escuela de Frankfurt, que veían la radio y el cine en su momento, como instrumentos ideológicos para mantener la dominación social.

El tratamiento de la iconografía es realmente interesante. Los personajes de clases altas e introduciendo también la idea de lucha de clases, consumen unos cigarrillos denominados Dokes. Estos Dokes recuerdan a las drogas de diseño de “1984”, o al “soma” de Huxley en “Un mundo feliz”, afectando en cierto modo a la voluntad y la libertad de sus consumidores. Le sirven al autor para crear su particular universo que nace en Co-Op City, situado en el Bronx. Utiliza a la perfección esa terminología icónica. Personajes como Clyde Barrow o Muhammed Ali, le sirven para realizar continuas relaciones entre la novela y la historia de su país. Me ha encantado también un personaje no humano que es General Atomics, como crítica al poder establecido, al poder de las grandes empresas que tanto daño y dominio ejercer sobre nosotros los ciudadanos.

La metáfora es el recurso preferido de King a la hora de describir su distopía. En una hermosa crítica a las grandes industrias y a la contaminación que está destruyendo Gaia, utiliza otro símbolo. Unos “filtros nasales” que hacen respirable el aire, que sin ellos produce cáncer y enfermedades terminales. Funciona como icono narrativo y descriptivo y además como crítica a la desigualdad social de su época, que de nuevo se hace aún más vigente en los días que en los que escribo este comentario. La diferenciación entre clases sociales está vigente durante toda la novela, incluyendo una bella crítica anti-racista de la que deberían aprender personajes como Donald Trump.

Otra idea interesante que promueve la novela es la del mítico y desprestigiado “Gran Hermano” Orwelliano. Reflexiona sobre la idea de que no somos la misma persona cuando estamos a solas que cuando nos observa la gente y de una forma interesante analiza la pérdida de prejuicios para que esas dos personas sean la misma. Lo cierto es que la narración está repleta de reflexiones sociológicas interesantes. Otorga a los personajes secundarios la facultad de ensalzar los VALORES sociales que deberíamos tener como ciudadanos, quizá desde un punto de vista muy subjetivo, pero que comparto completamente. El protagonista es el personaje puesto a prueba, somos todos nosotros en situaciones extremas y nos pregunta con soberbia inteligencia, hasta donde somos capaces de llegar por el amor hacia nuestra pareja y nuestros hijos. El dilema ético es el planteamiento bajo la superficialidad ausente de la novela.

Pero la principal metáfora es “Librevisión”. Un hermoso juego de palabras que no representa ni más ni menos que nuestra televisión. Utilizada con un estilo muy hermoso como instrumento del poder para aborregar a los ciudadanos, para convertirlos en copias unos de otros y para dominar a la “masa”. La ironía de usar la palabra “libre”, la entiendo con un sentido del humor admirable. La prensa ha muerto gracias a “Librevisión” y a lo largo de la narración nadie lee un libro ni por asomo. Camino que a día de hoy le lleva a los jóvenes a lo mismo, consumir y consumir programas de corte amarillo y reírse cuando alguien les propone la simple idea de leer un libro. La utenticidad de la obra, a pesar de ser pequeña, la convierte en una preciosa joya.

En la creación del universo particular de su fábula el autor emplea otros iconos futuristas de la época en la que se escribió, como los coches aéreos. Funcionan a la perfección a la hora en la que el escritor decide darle un prominente punto de acción a la historia. Necesita de esta acción para conformar su alma. Está concebida como una novela con alta carga de rapidez, de ligereza narrativa, a pesar de sus intenciones reflexivas que como digo las tiene y en abundancia. Utiliza un recurso narrativo al menos curioso, que es titular cada capítulo como una cuenta atrás. Si la novela brilla por su facilidad de lectura y por su capacidad para enganchar al lector, creo que en ningún momento pierde su sentido filosófico y social. ¿Se puede reflexionar sobre como somos los seres humanos socialmente, mientras explotan coches y vuelan los disparos del revólver? Sin duda alguna.

El estilo narrativo de esta novela es sencillo, así como su uso del lenguaje y escasea en cuanto a recursos narrativos especiales. No hay flashbacks, ni sinecdoques ni anodiplosis, pero si hay una facilidad de palabra excepcional y un sentido del ritmo y los tempos escandaloso. Quizá de aquí venga el abrumador éxito comercial de King. Hitchcock habría visto perfecto el hecho de que el autor utilice esa cuenta atrás para separar los capítulos, reafirmando la sensación de suspense y animándote a leer un capítulo más. …Menos  52 Y CONTANDO.

Hay que valorar también el sentido profético de la narración. Y no hablo de Nostradamus, sino más bien al estilo de Julio Verne. El final de la novela recuerda fácilmente y funciona a la perfección como icono, al recordarnos el ataque terrorista más representativo, dramático y horroroso de nuestra historia reciente. King demuestra una inteligencia excelente tanto a la hora de crear estética, literatura y arte, como a la de cavilar y analizar nuestra sociedad actual. Es triste ver cómo tiene razón en sus planteamientos y que 35 años después de la publicación de la novela, sus argumentos están aún más vigentes y son aún más necesarios.

En esta muy recomendable y mucho menos conocida novela, el maestro del terror abandona su terror predilecto, el fantástico, el de fantasmas, encantamientos, viajes en el tiempo y su riquísimo universo de pánico y atrocidad, para sumergirnos en un terror menos literario y menos cinematográfico. Un terror mucho más real, que bien leído debería hacernos reflexionar sobre el terrible mundo en el que vivimos.

 

 

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